Los personajes encerrados de Shirley Jackson

Es sabido por muchos que la creación de personajes es uno de los elementos que más puede perturbar la mente del escritor cuando se pone delante de la hoja en blanco. Desde el miedo a no saber plasmarlos o a que el lector no consiga acercarse a los protagonistas, hay que tener en cuenta múltiples factores cuando se trabaja con ellos. Después de todo, ¿qué es lo que ocurre cuando un personaje no se entiende, cuando su personalidad queda en el aire? Que salimos de la historia. En el tema de creación de personajes hay que valer, como en muchas otras cosas, y tirar las piedras a los lugares adecuados para que resalten las partes correctas de esa creación.

Es aquí, en este punto importante de la escritura, donde sobresale una de las grandes damas del terror: Shirley Jackson. Ya hemos hablado de esta autora en La Nave en otra ocasión; pero, al estar ante el centenario de su nacimiento, parecía obligatorio hacerle un hueco en una entrada una vez más, aunque solo sea para analizar a los grandes personajes que hay en dos de sus obras más conocidas: Siempre hemos vivido en el castillo y La maldición de Hill House.

Ilustración de Miles Hyman para la adaptación gráfica de La Lotería

Ilustración de Miles Hyman para la adaptación gráfica de La Lotería

En una de las biografías que hay acerca de Jackson, publicada en el The New Yorker, dicen que la manera de hacer que nadie se tome en serio a una autora sería incluir fantasmas o demonios en sus historias, declararse bruja practicante o escribir artículos en revistas feministas sobre su vida como ama de casa. Nacida en 1916 (San Francisco, California), Shirley “La Gran Dama Del Terror” Jackson hizo todo eso. E incluso escribió un musical sobre Hansel y Gretel, en el que no solo eran abandonados por sus padres, sino que estos eran los que los entregaban a la mismísima bruja que quería merendárselos. Nada parecía capaz de frenarla cuando se trataba de crear historias capaces de remover el interior de la gente.

Lo demostró con el relato La lotería (publicado por primera vez en 1948), donde hace una representación de un pueblo de EE.UU. en el que se celebra un sorteo, y aprovecha para caricaturizar la sociedad en apenas unas páginas, mejor de en lo que otros habrían empleado mil. El relato levantó ampollas, por lo que Jackson llegó a recibir cartas de lectores enfadados. Algo tenía que haber hecho bien en esa pequeña historia donde se enseña la crueldad e intolerancia de la gente, junto con unas pequeñas dosis de lo que está dispuesto a hacer alguien por cambiar los papeles de un sacrificio.

Porque si algo demuestra ya Jackson en ese relato son los pilares que sostienen una parte importante de sus historias: la persecución de la sociedad por temas que no conoce, la fortaleza de las mujeres sobre las que narra y la manera en que se puede encerrar a los personajes.

Escribí sobre la neurosis y el miedo, y pienso que todos mis libros reunidos servirían de documentación sobre la ansiedad.

Las dos novelas que sacamos a la palestra demuestran esos puntos. En Siempre hemos vivido en el castillo (1962) y La maldición de Hill House (1959) encontramos cierto paralelismo, si las colocamos cerca. Mientras que en la primera de ellas, los personajes no quieren abandonar su casa, en La maldición de Hill House, asistimos a una Eleanor que siente el impulso de irse de esa casa encantada tan pronto la ve. En cierto modo, estos dos hechos marcan el avance de la trama y el razonamiento de sus personajes.

Nuestra “Dama del Terror” padeció, dentro de otros trastornos de ansiedad, agorafobia. Al descubrir este hecho y tenerlo presente, la lectura del encierro de los personajes (Merricat y Constance o Eleanor, que huyen y se esconden al mismo tiempo, en atmósferas opresivas que encuentran más seguras que el mundo exterior) cobra un nuevo significado.

Si nos centramos primero en Siempre hemos vivido en el castillo, caminamos a lo largo de todas sus páginas de la mano de Merricat. Desde el comienzo de la historia, asistimos a la reticencia de la niña a abandonar lo que considera su hogar. Sus paseos por el pueblo nunca son agradables, ya sea por las burlas incesantes o por el simple hecho de que la gente se acerque a ella. Merricat resulta, en este primer contacto donde vaga por las calles del pueblo, un ente curioso. No solo detesta a la gente que se acerca a ella, a los que tiene que recurrir para aprovisionarse, sino que también se recrea en la idea de cómo serían sus muertes, lo que la convierte en un personaje “extraño”, difícil de entender de golpe.

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Además, no es algo con lo que Merricat se deleite solo durante sus viajes al pueblo. La visualización de esta muerte es común a lo largo de la historia, con la protagonista colocada en una posición donde se le permite alzarse encima de los cadáveres y tener cierta superioridad. Sin querer adelantarme realmente al curso de la trama, pero siendo a su vez el mejor de los ejemplos para esta parte de la mente de Merricat, la niña nos lleva a la recreación de una mesa donde están sus familiares muertos, que se inclinan ante ella, la reina de la casa.

Este interés en la muerte ajena, o simplemente en esas imágenes, no se aplica a la de Constance. La hermana de Merricat es el segundo de los personajes en los que se encuentra el foco de atención y que descubrimos como un ser luminoso, que funciona como una especie de contrapunto a la pequeña. Mientras que Merricat es salvaje e indomable, la visión que se nos da de Constance es la de una chica que está atrapada en la casa, pero que aun así atiende a ciertas normas sociales y que cuida de las personas que tiene a su cargo.

Es importante la relación entre las dos hermanas, así como las diferencias que se van mostrando a lo largo de la historia, porque es uno de los pilares en los que se basa Siempre hemos vivido en el castillo. Tras la presentación de Merricat en el pueblo, lo que tenemos es esa vida de ambas chicas en su casa y las costumbres que las envuelven, rígidas y firmes. Ante todo, seguras, pues es esa casa y el hecho de que todo permanezca igual, día tras día, lo que estabiliza a las hermanas Blackwood.

La mansión de la familia Blackwood, al igual que pasa después con Hill House, podría constituir un personaje en sí mismo a lo largo de la historia, por los cambios que experimenta a medida que se sucede la trama: un lugar enorme y frío, al inicio, por la falta de comprensión que provocaban ambas hermanas; seguro, después, y al que hay que proteger de la invasión; hasta terminar en unas ruinas que solo se entienden como la ruptura social de las hermanas con el resto del mundo. A fin de cuentas, como se ha mencionado arriba, durante los últimos años de su vida Jackson tuvo una agorafobia que la confinó al interior mismo de su habitación, por lo que podríamos encontrar en este aferramiento de las hermanas a la mansión una especie de paralelismo con la propia autora.

Siguiendo esta línea, Siempre hemos vivido en el castillo nos envuelve en esos rituales de Merricat para mantener “el orden” y que todo funcione como ella considera necesario; la propia Shirley Jackson vivió rodeada de amuletos y talismanes (aunque sus fines fueran más el ocultismo en el que se había iniciado, así como el conocimiento del tarot). Estos amuletos son los que ayudan a la estabilidad en las rutinas de la casa y las hermanas:

Los domingos por la mañana examinaba mis amuletos, la caja con los dólares de plata que había enterrado junto al arroyo, y la muñeca enterrada en el campo, y el libro clavado en un árbol del pinar; mientras todo permaneciera donde yo lo había dejado, nada podría sucedernos.

Pero no solo los rituales de Merricat son los que llenan de simbolismo la historia, puesto que Constance participa también en ellos más allá de permitir que esconda y entierre objetos, lo que luego será un problema cuando aparezca Charles como figura estresante entre ambas hermanas. La comida que Merricat compra y que Constance se encarga de preparar es un elemento que acompaña a todo este simbolismo que se crea entre ambas y que llena la novela. Las dos hermanas proveen la una a la otra, se encuentran unidas y son las dos únicas personas que realmente forman parte del pequeño mundo que han creado: La Luna.

—Me pregunto si sería capaz de comerme un niño.

—Yo no sé si sabría cocinarlo —dijo Constance.

Y es que la sociedad en esta novela, formada por el pueblo en el que viven las hermanas, es tan cruel que acude a la propia destrucción de la gran casa que mantenía a salvo a las Blackwood. Cerrados y ambiciosos, llenos de prejuicios, tan solo un par de vecinos se salvan de la lapidaria representación que hay en la historia sobre los otros, ese resto del mundo que queda cuando se separa lo importante: Merricat y Constance.

Frente a esta obra tenemos La maldición de Hill House, que no es más que otra demostración por parte de Jackson de su dominio de la psique de los personajes. Como comentaba al inicio, en esta novela tenemos esa contraposición en la que el impulso inicial de la protagonista es querer marcharse de la casa y, sin embargo, a medida que avanza la historia, descubre que lo que quiere hacer es quedarse. Converge así, a pesar de los caminos separados, en esa idea del encierro final de los protagonistas, que alcanzan cierta (supuesta) libertad al tomar esa decisión.

Ningún organismo vivo puede prolongar su existencia durante mucho tiempo en condiciones de realidad absoluta sin perder el juicio, hasta las alondras y las chicharras sueñan, según suponen algunos.

Julie Harris en The Haunting, la adaptación cinematográfica de La maldición de Hill House, de Robert Wise (1963)

Julie Harris en The Haunting, la adaptación cinematográfica de La maldición de Hill House, de Robert Wise (1963)

La madre de Jackson, con quien apenas mantenía relación después de irse de casa, le reprochó en una carta que solo escribiera acerca de chicas torturadas (“dementes”). Sin que sea una sorpresa, Eleanor, la protagonista de La maldición de Hill House, se encuentra marcada por dos hechos. El primero de ellos es su propia madre: esa influencia opresora que hace que la protagonista quiera buscar su libertad, puesto que, a pesar de que la muerte de su progenitora suponga un alivio, la deja perdida y sin saber cuál es su nueva función en la vida, lejos de esa cuidadora ninguneada por la persona que tendría que haberla querido mejor. El otro hecho revelador es, de nuevo, esa sociedad intolerante que cree en la superstición, que lanzó piedras a dos niñas porque eran las supuestas causantes de un evento que nadie podía explicar.

Tal vez esos dos hechos habrían construido a una protagonista, en otra novela, fuerte e independiente, segura de sí misma y dispuesta a pelear contra todo lo que aparezca, porque ya lo ha pasado suficientemente mal en su vida y no quiere que vuelva a repetirse. De algún modo, es como si Jackson quisiera jugar con un viejo cliché y lo deformara a su antojo hasta presentarnos a Eleanor, feliz por la desaparición de su “opresora” y a la vez desgraciada, temerosa del resto del mundo, de sus propósitos y de la manera en que pueden engañarla, pero demasiado entusiasta a la hora de querer introducirse en él. Egoísta y cambiante, Eleanor se presenta ante el resto de los personajes de La maldición de Hill House como una mujer adulta que no es más que una niña.

Abandonando su convicción de que nombrar la felicidad es hacer que desaparezca, se sonrió en el espejo y se dijo silenciosamente: eres feliz, Eleanor, por fin te ha tocado tu ración de felicidad.

A pesar de todo, no resulta difícil dejarse convencer por las ideas de la protagonista de la historia y desarrollar empatía hacia ella. Sobre todo porque la riqueza de Eleanor consiste en presentarnos al resto de los personajes sin que sepamos realmente nada sobre ellos: igual que una persona que se encuentra por primera vez ante desconocidos, con los cuales tiene que pasar una temporada, lo que piensa sobre ellos va cambiando a medida que hablan o interaccionan, de un posicionamiento a otro, lo que a veces nos hace preguntarnos si será todo real o solo fruto de la mente de Eleanor, cada vez más trastocada por culpa de la casa.

Por si no fuera suficiente con tener que analizar a Eleanor y dejarse guiar por ella, el resto del elenco que se nos presenta en la casa resulta también atractivo. Theodora, que funciona no solo como la contraposición perfecta para la protagonista (más segura de sí misma, experimentada y sin la eternidad de dudas y cambios de opinión), es en cierto modo la encarnación de la sexualidad: sibilina, agradable, grotesca a veces. ¿No tiene derecho Eleanor a acercarse a Theo en primer lugar, porque sin duda se merece su tiempo de tarde de enamorados? El bribón dueño de la casa, que nunca se ha ocupado realmente de esta, sin duda se encuentra flirteando con ambas, ¿o en realidad no lo hace, porque considera a una de ellas una niña?

Todo esto se encuentra enmarcado dentro de esa gran mansión misteriosa, en la que suceden fenómenos extraños. A diferencia de la casa de las Blackwood, cuyo misterio eran sus habitantes, Hill House fue construida para generar inquietud: paredes torcidas, ruidos por la noche, una lúgubre historia acerca de quién es la propiedad… Sin embargo, dentro de esa oscuridad creciente alrededor (dentro) de la casa, Jackson termina resaltando el concepto de que, a pesar de lo horrible que pueda parecer, tal vez resulte segura para algunas mentes que quieran quedarse en ella para siempre.

Shirley Jackson en 1956.

Shirley Jackson en 1956.

Las protagonistas de Siempre hemos vivido en el castillo y La maldición de Hill House se nutren de esas preguntas que nos hacemos los lectores al adentrarnos en sus mentes: ¿de verdad lo ha hecho, de verdad no se da cuenta de lo que pasa a su alrededor? Esa forma en que nos cuestionamos su cordura (¿de verdad Merricat está recibiendo las miradas de todo el pueblo, porque no deja de ser la única Blackwood que sale de la casa después de lo que pasó, o es parte de un delirio? ¿Realmente Theodora está en contra de Eleanor o es fruto de las inseguridades de esta que no consiga fiarse de su compañera de habitación?) y, al mismo tiempo, aceptamos todas sus extrañezas es lo que hace que los personajes de La Gran Dama del Terror sean capaces de estar tan vivos a pesar de los años. Incluso ahora, donde nos estamos acostumbrando a miles de puntos de vista en una sola novela o al aumento de la crueldad o los matices en los personajes. Parece que esta escritora decidió quedarse en lo más sencillo de la naturaleza humana (las dudas, los miedos, la desconfianza, la protección hacia un ser querido, la muerte) y hacer así a sus mujeres terriblemente complejas.

«Verá, doctor, yo no entiendo cómo vive la gente», dijo en una ocasión Shirley Jackson. La autora, que escribía siempre en hojas de papel amarillo (guardaba una libreta con hojas de este tono, que usaba incluso cuando estaba sonámbula), demostró que, en cuanto a sus personajes, sí que sabía cómo hacerlos vivir. Y que, a pesar de lo diferentes que puedan resultar, podía hacerlos llegar a todos sus lectores, por muchos años que pasaran.

 Andrea Prieto
Andrea Prieto (Investigación/Opinión): ¿Matasanos que suele responder con otra pregunta? Sí, justo. Desde antes de eso, lectora de lo que aparezca y escritora de lo que se pueda (o de lo que quiera, según el cambio de la marea), con muchas palabras a la espalda.

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4 comentarios en “Los personajes encerrados de Shirley Jackson

  1. Me ha encantado este artículo, Andrea. No solo porque hables de una de mis autoras preferidas sino por el enfoque que le das a esas dos novelas. Nunca le perdonaré a Shirley que muriera tan pronto y nos privara de su talento. Un post muy, muy interesante.

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