Reseña: Mi hermana Elba y Los altillos de Brumal

Cristina Fernández Cubas es una de esas (muchísimas) autoras que he conocido gracias a La Nave Invisible. De hecho, y para ser precisos, fue gracias al libro En regiones extrañas de Lola Robles que este verano leí con la intención de documentarme para el proyecto.

En el apartado donde Robles habla de terror (género que me era más desconocido para mí y que leí con más interés en busca de contexto y de autoras), descubrí el nombre de Fernández Cubas. Y entonces me di cuenta de que, de hecho, ya conocía a la autora sin saberlo, porque su recopilación de relatos Mi hermana Elba y Los altillos de Brumal es un clásico de las lecturas obligatorias del instituto, de esos que cada dos o tres años una nueva hornada de estudiantes vuelve a comprar en masa por orden del docente de turno, y que yo me había hartado de vender en la librería. Y, como era un título que siempre me había llamado la atención, decidí darle una oportunidad.

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Fuente: cultura.elpais.com

Pero pongámonos en contexto. Fernández Cubas es una escritora española nacida en Arenys de Mar, Barcelona (en 1945), aunque ha vivido en muchos países, como Francia, Perú o Egipto, algo que ha influido también en su escritura. Son ejemplo de esa multiculturalidad algunos relatos ambientados en Egipto o el relato Con Agatha en Estambul, que tiene lugar en esa ciudad y que, además, es un homenaje a Agatha Christie, a la que la escritora admiraba de adolescente.

Licenciada en Derecho y en Periodismo, como escritora ha hecho incursiones en la novela, en el teatro y en la literatura infantil. Pero donde realmente ha trabajado y ha demostrado ser una de las grandes es en el relato y en la narración breve. La recopilación de sus cuentos, en el volumen Todos los cuentos, ganó el IV Premio Cálamo “Libro del año” 2008.

Las historias de Fernández Cubas son punzantes y, como una espina envenenada, dejan un poso en el interior del lector. Bailan entre el terror sobrenatural y el gótico, mostrándonos a personajes corrientes, en situaciones corrientes, pero abriéndonos los ojos a una realidad escondida y a esos “espacios posibles” (en palabras de la misma autora) a los que no prestamos atención o que relegamos al mundo de los sueños o al de las supersticiones. Espacios perturbadores que nos producen un gran desasosiego y que dejan la puerta abierta a distintas interpretaciones, algunas de ellas estremecedoras.

El recopilatorio Mi hermana Elba y Los altillos de Brumal recoge en un solo volumen los dos primeros libros de relatos de la autora, que aparecieron en los años 1981 y 1983. Cada uno consta de cuatro relatos, situados en lugares indeterminados la mayoría de ellos y en fechas que casi nunca se especifican, pero que deben moverse entre los años cincuenta y los ochenta, a juzgar por el contexto.

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Todos los relatos están escritos en primera persona, aunque en algunos casos la autora se ayuda de medios escritos (como pueden ser cuadernos de notas, diarios o cartas) para introducir también otros puntos de vista más allá del narrador o del tiempo presente que este vive. El patrón de todos ellos es parecido: el protagonista vive una situación determinada, que al principio puede resultar de lo más casual o anodina, pero que vista desde determinado ángulo adquiere una dimensión que bordea lo sobrenatural. Además, esa nueva perspectiva tampoco llega a ser confirmada, sino que se abre sólo como una posibilidad: puede ser que el protagonista haya visto o sufrido esa experiencia que nos relata, pero también puede ser que se lo haya imaginado o que sufra alguna enfermedad mental que lo lleve a ver las cosas de esa manera. En ese sentido, también usa mucho a niños para que la veracidad de algunos hechos quede en duda.

Una de las cosas que más destaca de la prosa de la autora es la habilidad que tiene para describir escenas de lo más cotidianas y hogareñas con sumo detalle pero sin hacerlas aburridas, introduciendo al lector en ellas con los cinco sentidos. Además, y ligado con esto, se desprende de todos y cada uno de los relatos que el hogar es, para los personajes de Fernández Cubas, un remanso de paz, un lugar al que pertenecer, un lugar importante en la vida de todos esos personajes, y que cuando ese espacio es violado por una de estas realidades posibles, les produce un gran desasosiego, haciéndoles incluso enloquecer.

Mi hermana Elba

Lúnula y Violeta

Una mujer llamada Violeta se traslada a la ciudad en busca de trabajo. Agobiada por la soledad e incapaz de trabajar en su manuscrito, pasa las horas muertas en un bar, donde un día conoce a otra mujer llamada Lúnula. Una creciente amistad nace entre ellas y Lúnula invita a Violeta a pasar unos días con ella en su casa de campo.

Este relato gira entorno a la soledad y a la necesidad de atención que vive la protagonista. Violeta es una mujer tímida e introvertida que siente la falta de contacto humano en una ciudad en la que no conoce a nadie. Cuando su camino se cruza con el de Lúnula, que es totalmente opuesta a ella, se agarra a esa amistad con uñas y dientes, a pesar de que apenas conoce a su nueva amiga y que durante la convivencia descubre cosas de ella que no le gustan. Y es que Lúnula es una persona muy invasiva (Violeta la describe como “excesiva”) y hay momentos en los que Violeta no puede discernir dónde acaba ella y dónde empieza su amiga, algo que en determinado momento la aterroriza y le hace querer huir. Pero la alternativa a Lúnula es mucho peor: la soledad. Y Violeta no está dispuesta a aceptarla.

Hay otro tema importante en este relato y es el proceso creativo y la confianza en uno mismo como escritor. Violeta trabaja en un manuscrito, pero, a pesar de querer mostrarlo al mundo, no puede evitar odiar su trabajo y calificarlo de la peor manera posible cada vez que lo relee. Por eso también siente una fuerte envidia de su amiga, que es una narradora nata y tiene un gran don con las palabras.

La ventana del jardín

El narrador de este relato, cuyo nombre no conocemos, es un hombre de mediana edad que está de paso cerca del lugar donde viven unos conocidos suyos y decide hacerles una visita sorpresa, pues lleva dos años sin verlos. Pero esa visita inesperada no hace mucha gracia al matrimonio Albert, que parece esconder un inquietante secreto.

El protagonista los visita sobre todo por su interés hacia el hijo de sus amigos, al que conoció anteriormente y que tiene graves problemas de salud (tanto física como mental). Pero enseguida descubre algo extraño en el modo de actuar de sus anfitriones, que esconden con mucho recelo al chico. Por eso, y a pesar de que no es bien recibido, el protagonista decide inventar una serie de excusas para quedarse en la casa durante todo un día e investigar.

De todos los relatos del libro, éste es el que me ha resultado más perturbador, quizás porque no nos presenta una posible explicación racional a los hechos ocurridos (o, al menos, ésta no se desarrolla extensamente, dejando un final completamente abierto y desconcertante). Además, la historia está plagada de giros que van echando por tierra las posibles hipótesis que el protagonista (y el lector como extensión de él) va formulándose a lo largo de la lectura, algo que nos sumerge en un estado de tensión constante.

Mi hermana Elba

La protagonista de este relato, una niña de once años, y su hermana Elba, de seis, son enviadas a un internado después de que sus padres decidieran separarse. La aparición de Fátima, una compañera mayor, hace que la relación entre hermanas se estreche y las tres se vean envueltas en juegos y travesuras con un componente mágico, pues la pequeña Elba parece tener el don de encontrar “escondites” (lugares en los que nadie puede verla a pesar de estar a la vista de todos). Pero esa idílica vida en el internado acaba llegando a su fin, primero porque Fátima se hace mayor para seguir con los juegos, y después porque Elba es enviada a una institución para niños con retraso.

Mi hermana Elba nos habla de cómo el hacerse mayor limita y encorseta el modo en que vemos el mundo y cómo nos vuelve crueles y egoístas. Al empezar la historia, la narradora es poco más que una niña que se ve apartada de su familia al ser enviada a un internado. Su único punto de apoyo es su hermana Elba, aunque la protagonista la ve sólo como una carga. Su amistad con Fátima (casi devoción, porque al ser la otra mayor, la más joven la adora) y sus juegos con ella la ayudan a reconciliarse con Elba y a sobrellevar la soledad y el desamparo que siente lejos de casa. Pero al regresar al internado después de las vacaciones, la protagonista descubre que Fátima ya no quiere saber de ella y que sin la presencia de Elba los juegos de buscar “escondites” ya no tienen aliciente (volviéndose incluso algo vergonzoso). Por eso la protagonista se ve obligada a dejar su infancia atrás y empezar a interesarse por las cosas que deben interesar a una señorita.

Se trata de un relato muy inquietante, que nos muestra diferentes tipos de crueldad: el rechazo que la protagonista siente por su compañera de habitación y por su hermana, contrastado con la devoción que siente por Fátima, a la que ve casi como una diosa. El posterior acercamiento con Elba, sólo porque Fátima habla bien de ella, y de nuevo el rechazo, cuando Fátima vuelve a apartarse de ellas. Y, por supuesto, la frivolidad con la que se toma los acontecimientos que se producen al final del relato.

El provocador de imágenes

Sin duda, de todos los relatos éste es el que más se aleja del resto, pues no tiene ese punto característico de las obras de la autora: no abre esa rendija a lo oculto y, aunque intenta crear una atmósfera inquietante, el hecho de que termine dando una explicación lógica a los sucesos hace que el punto terrorífico que tienen los demás relatos desaparezca.

La historia nos habla de la amistad entre dos hombres a lo largo de los años, desde que se conocieron en la universidad hasta que son adultos. Uno de ellos, Eduardo, tiene un gusto peculiar en poner a las personas en situaciones comprometidas para estudiar su reacción. Su relación con una mujer llamada Ulla, a la que convertirá en el objeto de sus burlas y tretas (y que después ella convertirá en su víctima), hará que su amigo (el narrador), del que sólo conocemos las iniciales, H. J. K., comprenda que no hay que fiarse de las apariencias.

Los altillos de Brumal

El reloj de Bagdad

La apacible vida de una familia pudiente se ve truncada con la llegada de un reloj que el padre trae de uno de sus viajes. Se trata de una obra de impresionante belleza que pasa a adornar el rellano de la escalera y que todos admiran con devoción. Pero desde la llegada de tan inquietante objeto, multitud de desgracias empiezan a ocurrir en la casa.

A través de la hija mayor, una niña de doce años, se nos relata cómo la calma y la jovialidad que reinaba en el hogar desaparecen por completo en cuanto el reloj es instalado en su nuevo lugar. Olvido, la mayor de las criadas, una mujer tremendamente supersticiosa, empieza a desconfiar del objeto, algo que sumerge la casa en un ambiente lóbrego y asfixiante. Además, esa desconfianza va adueñándose poco a poco del resto de habitantes, como si fuera veneno. La primera en verse atrapada por ella es Matilde, la otra criada, que después de sufrir un accidente mientras limpiaba el reloj y habiendo escuchado repetidamente las habladurías de Olvido, termina huyendo de la casa. La siguiente es la misma narradora, que poco a poco también empieza a ver en los desastres fortuitos que sufre la familia una mano maligna.

Una vez más, Fernández Cubas nos muestra la historia a través de dos prismas: el de los padres, racional y meticuloso, que atribuyen la actitud de la anciana a la edad, puesto que ella es una mujer muy mayor; y el de la anciana, supersticioso e instintivo, que poco a poco va contagiando su desconfianza (¿o quizás les abre los ojos a algo que no habían percibido?) al resto de habitantes de la casa, de manera que no se llega a saber qué hay de cierto en la maldad del reloj.

En el hemisferio sur

Es difícil hablar de este relato sin destriparlo o sin contar detalles que es mucho mejor ir descubriendo a lo largo de la lectura. En contraposición a los que hemos visto antes, este tiene un ritmo mucho más acelerado, casi de thriller, en el que un enemigo invisible acecha a su víctima llevándola hasta el borde de la locura. Además, nos ofrece la información importante de forma fragmentada y escondida en el resto de la narración, convirtiendo la lectura casi en un puzle que, de todos modos, nunca se llega a completar.

El argumento es el siguiente: una escritora, Clara Galván, se presenta de improvisto en el despacho de un buen amigo suyo, que trabaja en una editorial, y le cuenta que le ha ocurrido algo extraño. Desde hace días se siente poseída por una Voz que la obliga a escribir a todas horas y sin descanso, algo que va más allá de una simple musa o un arrebato. Pero eso no es todo. Al entrar en una librería para huir de esa Voz, Clara encuentra un libro escrito por una tal Sonia Kraskowa, que relata una historia exactamente igual a la que la ella misma está viviendo.

De este relato destaca, además, el uso que hace la autora de fobias propias de los escritores, como son el miedo a la página en blanco o el terror paralizante de que todo está escrito ya, para crear una historia muy inquietante, especialmente para aquellos que también escriben.

Los altillos de Brumal

Adriana, la protagonista de esta historia, nos relata su vida desde niña, contándonos las penurias económicas de su familia, el cambio de domicilio que vivió de pequeña y las expectativas que su madre tenía puestas en ella. Ya en la edad adulta, y después de recibir una carta misteriosa, Adriana siente la necesidad de volver al pueblo donde se crio.

En este relato, el elemento sobrenatural no se nos presenta hasta casi el final del mismo, acompañado también de la duda por la salud mental de la protagonista. Como en la mayoría de historias del libro, asistimos a una descripción de la vida de Adriana de niña muy centrada en pequeños detalles muy casuales: una enfermedad, el colegio, su madre. Más tarde, tras un salto temporal, la encontramos ya adulta, con un trabajo como cocinera y escritora de libros de éxito. Parece que todo le va bien, que ha dejado atrás un pasado que la asfixiaba, pero al recibir un tarro de mermelada muy especial, algo la empuja a abandonarlo todo para iniciar un viaje en busca de sus orígenes.

La noche de Jezabel

Tras un encuentro fortuito en una cafetería, un grupo de conocidos organiza una cena en casa de la narradora. Durante la cena, los presentes se dedican a explicar historias de terror, hasta que esas mismas historias empiezan a cobrar vida.

De los relatos presentes en el libro, éste es el que tiene un planteamiento más cliché en todo su desarrollo (¿o quizás deberíamos decir “de homenaje a las historias de terror más clásicas”?): noche de tormenta, grupo de personas alrededor de una mesa, historias de terror, se va la luz… De todos modos, y a pesar de la previsibilidad del relato, éste no deja de ser interesante y atrayente. Y es que la autora lo entremezcla con los sentimientos de la narradora hacia su amiga y artífice de la cena, Jezabel, una mujer con la que coincidió en la escuela y en la universidad y con la que siempre ha tenido especial rivalidad. Jezabel se nos muestra, a ojos de la protagonista, como “la mala de la película”: una mujer capaz de cualquier ardid para humillar a su “amiga”, algo que nos hace dudar de la imparcialidad de la narradora frente a los hechos.

 

Como conclusión general, debo decir que esta lectura ha sido muy positiva. No soy amante de los libros de relatos, pero he disfrutado mucho con la lectura de Mi hermana Elba y Los altillos de Brumal. La prosa de la autora me ha parecido cuidada y amena al mismo tiempo; repleta de detalles sin hacerse cargante. También he disfrutado con las descripciones más íntimas y cotidianas y con los elementos costumbristas. En pocas páginas, Fernández Cubas es capaz de abrir un mundo entero frente al lector. Y todo ello sin dejar a un lado el sentimiento de desasosiego y desconcierto que producen los elementos sobrenaturales que introduce con levedad, apenas siquiera mostrándolos y nunca nombrándolos, y que desdibujan el límite entre realidad y fantasía. Una lectura muy recomendable tanto para amantes del terror como para los que disfrutan de historias cotidianas con un toque de “más allá”.

puntuacion4

Anna Roldós

Anna Roldós (Reseñas/Novedades/RRSS): Irilaya. Química de formación, librera de vocación; me leo hasta los prospectos de los medicamentos. Enamorada de Japón, del manganime, de los videojuegos, de la animación y de la ilustración. Me encanta la ci-fi. También escribo.

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