Reseña: La puerta abierta

Cuando pensamos en terror decimonónico nuestra mente vislumbra automáticamente un paisaje en cierto modo tenebroso, lúgubre, ya sea bien exterior o interior, como una casa o una mansión. Imágenes antiguas, ruinas que recuerdan tiempos remotos, un pasado anclado en el presente. Fantasmas. Romanticismo. Gótico.

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Portada de la obra.

Todas estas características se cumplen en las obras de Margaret Oliphant calificadas como Stories of The Seen and Unseen (Historias de lo visible y lo invisible), novelas cortas y relatos en su mayoría, donde hallamos espectros muy humanos, más allá de las posesiones o los poltergeists.

En concreto, en La puerta abierta, el espíritu en pena es una pobre alma que reclama auxilio. El hijo del coronel oye su lamento durante el primer otoño que pasan en su nueva casa de Brentwood. La lástima que siente por los plañidos que escucha en la noche lo enferma y obliga a su padre a volver de un viaje antes de tiempo. El niño está aguardando su llegada porque cree que su padre ayudará a la criatura, pero en un principio él no llega a creerlo. A través del relato vamos descubriendo cómo la incredulidad se convierte en certeza y cómo el coronel consigue ayudar al fantasma y, por extensión, a su propio hijo.

Oliphant era una gran amante de su tierra, Escocia, y escribió numerosas obras ambientadas en ella. En esta historia refleja de igual modo las bases de su paisaje y parte de su sociedad, incidiendo en aspectos como la educación de los hijos, la importancia del varón, las supersticiones, las habladurías o la religión. En cierto modo, gran parte de esa información puede parecer de escasa importancia, dado que apenas influye en el desarrollo de los acontecimientos; sin embargo, es clave la relación del padre con el hijo y su carácter enfermizo. La propia autora perdió a casi todos sus hijos a temprana edad y bien sabemos lo relevante que era en aquella época el hecho de contar con un hombre en la familia. El hecho de que Roland sea su único vástago varón es lo que impulsa al coronel, al menos, a intentar averiguar de dónde proceden los lamentos que escucha por las noches.

También es importante el tema de la superstición y las apariencias. La autora juega con ellos para caracterizar a los personajes, desde los sirvientes al doctor o el pastor. En una época donde la ciudad y la industria se alejan cada vez más del mundo rural y empieza a haber avances científicos significativos (termodinámica, esterilización, vacunación), dar la impresión de ser una persona (sobre todo, un hombre) instruida y cabal era un signo de clase. En ese sentido podemos observar un choque entre el doctor y el pastor, una alusión clara al distanciamiento de la religión.

La novela se divide en seis capítulos narrados en primera persona por el coronel Mortimer. Este interpela continuamente al lector, como si nos estuviera contando la historia una buena noche con un vaso de whisky escocés. Tiene partes bastante descriptivas, sobre todo en el primer capítulo, donde narra cómo su familia se asentó en la casa de Brentwood junto a la cual ocurren los hechos. El asentamiento donde se produce la aparición nocturna trae un nítido aire gótico: la ruina de una vivienda, donde quedan en pie algunos muros, ventanas y una puerta desaparecida que ahora queda siempre abierta, separando el cielo del cielo, la hierba de la hierba. Oliphant crea una atmósfera propicia para sobrecogernos, aunque a los personajes les genera auténtico pavor. Pero su terror no viene de ningún evento terrorífico, sino de la incredulidad y la sorpresa. El lector, sin embargo, espera el momento; al contrario que el coronel y el resto de personajes, cree al pequeño Roland.

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Retrato de Oliphant.

Lo cierto es que el único personaje realmente bien definido es el propio coronel, que queda dibujado a través de sus dudas e inseguridades, y conseguimos conectar con él a través de su humanidad. Sin embargo, el resto del plantel es poco más que anecdótico, como los Jarvis (Sandy y su mujer, que no llega ni a tener nombre), que confirman al coronel que su hijo no se está inventando nada; o el mayordomo, que solo acompaña al coronel en su primera expedición. El pastor y el médico son los secundarios que más perfilados están, aunque siguen siendo planos. Roland, por otra parte, es un personaje difícil, pues no tiene la voz de un niño, sino de alguien mucho más maduro, lo que contrasta con sus reacciones, mucho más propias de su edad que sus diálogos.

Me parece que la clave en La puerta abierta es ese instante en que el espíritu se hace patente y la autora descarga con toda su fuerza la sensación de pérdida y desasosiego. La misma sensación que embarga al coronel cuando piensa que puede perder a su hijo, pero acentuada en el grito agónico del fantasma. En ese momento el tiempo parece suspenderse y solo existen la oscuridad, la luz de las lámparas y el triste lamento que rompe la noche, y un poco también a nosotros mismos.

En definitiva, La puerta abierta es un relato ágil y ameno pero también intrigante y oscuro, apto para aquellos que quieran adentrarse en el género de terror pero sean asustadizos. En él, la autora se acoge a la memoria de la naturaleza de un suceso doloroso, seguramente influenciado por su propia experiencia vital. La traducción de la editorial Dreamers me ha parecido aún apegada al inglés, por ejemplo, en la anteposición de adjetivos. Aun así, es de agradecer que estos clásicos estén a disposición de los lectores de manera gratuita. Y más en un subgénero de una época en la que la labor de las escritoras fue muy importante: Wilkins Freeman, Charlotte Ridell, Edith Wharton o George Eliot quizá sean las más representativas junto a Oliphant. De momento, os invito a adentraros con comodidad bajo el frontispicio de las ruinas de Brentwood. Y quién sabe a qué fantasmas nos llevará La Nave en un futuro.

puntuacion3

Laura S. Maquilón
Laura S. Maquilón (Reseñas/Fichas de autoras): Sierpe. Lectora por vocación. Arquitecta por amor al arte. Amante de la fantasía desde pequeña y fascinada por la ciencia ficción. Escribo relatos y tengo muchas historias en la mente. También escribo reseñas. Y artículos. Y hasta la lista de la compra.
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