Reseña: Los bonsáis gigantes

No deja de ser curioso que mi primera reseña para La Nave Invisible sea precisamente la de un libro de literatura infantil. ¿Y por qué no deja de ser curioso? Pues porque cuando iniciamos el proyecto fui de las primeras en proponer que los libros de LIJ se quedasen fuera de La Nave, ya que en general gozan de más repercusión que el resto de novelas de género escritas por mujeres (eso que se dice de que las mujeres solo escriben romántica o literatura para niños). Y ya sabéis que lo que buscamos aquí es visibilizar a las autoras que no lo están.

Pero al pensar en qué libro de ciencia ficción escrito en español y que fuera de antes del año 2000 podía reseñar, reconozco que lo primero que me vino a la cabeza fueron los libros de la colección El Barco de Vapor, de la editorial SM, que leí de niña y que marcaron mi amor por la lectura y, en especial, mi amor por la literatura fantástica.

Y es que, como comentaba nuestra compañera Dikana en su cuenta de Twitter, muchas veces la representación juega un papel vital a la hora de poder disfrutar de algo. Necesitamos modelos en los que vernos reflejados para sentirnos cercanos a ese algo. En el caso de los libros, modelos en los autores y modelos en los personajes. Y, si no los encontramos, a la larga puede que acabemos desvinculándonos de ello para buscar esa cercanía en otra parte. Por ese motivo, las lecturas que nos acompañan en nuestros primeros años son tan importantes, porque marcan el camino que luego vamos a recorrer.

Y por eso fue tan importante para mí Los bonsáis gigantes, cuya protagonista, una chica como yo, me resultaba cercana y entendible.

En los años 90, la literatura infantil y juvenil pasaba sí o sí por la colección Barco de Vapor en sus diferentes colores (cada uno para una franja de edad distinta) y por su hermana mayor, la colección Gran Angular, destinada a un público adolescente. Había vida más allá, sí, pero cuando entrabas en cualquier librería y pedías un libro para un niño, lo primero que te recomendaban era eso (recordemos que Barco de Vapor fue la primera colección de literatura infantil creada en España). De ahí que siempre asocie mi infancia lectora con esos libros; libros que me han ayudado a ser como soy. Y es por ese motivo que pienso que es bueno que hablemos también de la LIJ en La Nave. Para que tengamos la oportunidad de conocer esas obras y, si se da el caso, se las podamos recomendar a generaciones venideras, ayudándolas así a que labren su amor por lo maravilloso.

Imagen de la portada original de Los bonsáis gigantes.

Imagen de la portada original de Los bonsáis gigantes.

Lucía Baquedano, la autora del libro del que os voy a hablar, era una de los referentes de SM. Finalista del premio Gran Angular en el 79 con Cinco panes de cebada, segundo premio Barco de Vapor en el 80 con La muñeca que tenía 24 pecas y ganadora del premio Barco de Vapor en el 86 con Fantasmas de día, Baquedano ha cultivado la literatura infantil y juvenil, tanto en su vertiente más realista como en la más fantástica, durante muchos años y cuenta con casi una veintena de obras publicadas. Escritora tardía, empezó a escribir pasados los 40 y desde entonces no ha dejado de hacerlo ni de trabajar para el fomento de la lectura en los más jóvenes, algo en lo que siempre ha estado muy volcada.

Los bonsáis gigantes fue publicada en el 92 y ha sido reeditada dentro de la Serie Roja de la colección Barco de Vapor en varias ocasiones, aunque actualmente se encuentra descatalogada.

En esta novela, que podríamos clasificar como una distopía, se nos cuenta la historia de una chica joven, de edad indefinida y cuyo nombre no conocemos hasta el final del libro. Ella vive en un supuesto mundo futuro surgido tras un cataclismo que arrasó la Tierra y que dejó como únicos lugares habitables dos islas llamadas Lumamijú y Visado. En estas islas, aisladas del resto del mundo por un mar demasiado contaminado para ser navegado y envueltas permanentemente por una capa de niebla, se ha desarrollado una sociedad utópica gobernada por la Junta del Consejo. Con el objetivo de evitar los males que en el pasado llevaron al cataclismo, la Junta organiza la vida de los habitantes hasta el milímetro: controla los recursos como el agua o la comida, puesto que son limitados, organiza los espacios, que son todos públicos, designa el futuro laboral de las personas teniendo en cuenta las necesidades y las aptitudes de cada uno y planifica la vida familiar, emparejando a la gente mediante un programa informático que estudia las cualidades de los dos cónyuges.

Imagen de la portada de la reedición de 2002, cuando la colección Barco de Vapor cambió de estética.

Imagen de la portada de la reedición de 2002, cuando la colección Barco de Vapor cambió de estética.

Lo curioso de esta historia es que, a pesar de tener una trama de ciencia ficción, el detonante de la misma es un suceso totalmente fantástico y sin explicación alguna: un día, después de una dura jornada de trabajo y cuando regresa a la casa que comparte con sus compañeras, a la protagonista la asalta una visión aterradora, mostrándole un paisaje salvaje, con un enorme cielo azul coronado por un disco ardiente y un montón de bonsáis gigantes creciendo a sus anchas; una visión del mundo antes del cataclismo, aunque eso ella no lo sabe.

Tras el suceso, y puesto que nadie cree lo que ella ha visto y sus tutores y allegados piensan que quizás tiene problemas mentales, el rechazo que siente la protagonista la lleva a ver la sociedad en la que vive con otros ojos. De ahí que empiece a cuestionarse el paternalismo con el que los dirigentes cuidan y encarrilan la vida de los ciudadanos, cómo eligen por ellos cosas tan importantes como sus hobbies, su carrera profesional o su pareja. Cómo, en definitiva, los privan de libertad y los convierten en simples marionetas incapaces de cuestionarse cosas de lo más esenciales, asegurando que lo hacen por su bien y por el de la sociedad en general.

Se trata de un libro muy corto y sencillo, con un estilo cuidado pero amable, que cuenta con 121 páginas divididas en 14 capítulos.

La historia está contada en primera persona por la protagonista, una chica que prepara los exámenes para acceder al cuarto nivel (la sociedad está dividida en siete niveles según el trabajo que se realiza), y se centra en sus pensamientos y en su modo de ver el mundo.

Ella es una chica normal, feliz con su vida, que sueña con entrar en el cuarto nivel (el nivel técnico) y cursar estudios de publicidad, porque le apasiona el tema audiovisual. Nunca se ha cuestionada el funcionamiento de la sociedad de Lumamijú y Visado y lo defiende a capa y espada. Hasta que la visión le hace descubrir que esa sociedad no es tan perfecta como ella creía y que en las islas todo lo que se aparta de la línea de la normalidad es considerado como erróneo, enfermo o problemático.

A primera vista, recuerda a las distopías juveniles actuales, pero su desarrollo es mucho más limitado, centrado solo en la evolución de la protagonista y en los sentimientos que todos esos cambios generan en ella. A ojos de un lector adulto, da la sensación de que se queda en la superficie y no indaga en cuestiones importantes, como pueden ser el funcionamiento de las islas, la estructura de la sociedad en niveles o las relaciones familiares en una sociedad con matrimonios concertados y que asume la tutela de los hijos. Algo que podría haber dado mucho juego, porque el worldbuilding de esa sociedad utópica resulta muy interesante.

De todos modos, Baquedano siempre ha insistido en que ella escribe para niños, no para adultos. Y si me pongo a juzgar el libro desde el recuerdo que tengo de él de cuando lo leí a los nueve años, debo decir que nunca eché en falta más detalles que los ya dados y que en mi imaginación rellené todos los huecos que la novela podía tener.

Quizás también por ese motivo (el de hacer una novela para niños), los personajes que aparecen son pocos y, de hecho, los únicos que tienen un peso importante en la trama y a los que llegamos a conocer en profundidad son la protagonista y David. El resto, como los padres de ella, su tutor o sus amigos, apenas aparecen en un par de escenas y ni siquiera llegan a perfilarse, convirtiéndose en una especie de personaje conjunto que es la sociedad de Lumamijú y Visado.

David es el chico que encuentra a la protagonista después de que ella haya tenido la visión y está aterrorizada y desorientada. Además, es el único que la cree y que no piensa que se haya vuelto loca. Ella lo conoce de vista, porque tienen más o menos la misma edad y han coincidido algunas veces, pero nunca ha tenido una relación estrecha con él. Pero a partir del suceso, y puesto que David tiene unas ideas muy particulares sobre el funcionamiento de la vida en las islas, ambos empiezan a entablar una amistad que con el tiempo termina convirtiéndose en amor por parte de ella.

Y es que el amor tiene un peso importante en la novela. Un peso quizás demasiado importante, sobre todo hacia el final, hecho que empaña un desarrollo que podría haber sido muy interesante. Porque el desenlace nos vende la idea de que el motivo por el que la protagonista acaba actuando es el amor que siente por David. Algo que no me parece nada acertado, teniendo en cuenta su evolución, los descubrimientos que hace y esas ansias de libertad y de inconformismo que desarrolla a lo largo de la historia.

No es que desapruebe la historia de amor, al contrario, me parece muy bien llevada: no es un instalove de esos que están tan de moda ahora, sino que es una relación que se va cociendo lentamente a lo largo del año en el que transcurre la narración, pasando de una amistad a algo más. Pero, sinceramente, creo que empobrece mucho a la protagonista como personaje que su única motivación termine siendo el amor.

A pesar de eso, Los bonsáis gigantes fomenta una serie de valores muy positivos entres sus páginas.

Merece especial mención su defensa de un mayor respeto por el medioambiente y una gestión más cuidada de los recursos, o del feminismo como motor de una sociedad sana.

Tampoco hay discriminación alguna por motivo de sexo. Según dicen, en el Gran Mundo la mujer estaba postergada con respecto al varón y se veía obligada a realizar tareas de menor importancia, con el pretexto de que era misión suya criar a unos hijos que, sin embargo, eran obra de dos.

En Lumamijú nada se opone al desarrollo de una mujer, sin que por ello deba pensarse que se ataca al del hombre.

Otro de esos valores, y en el que se nota la obsesión de la autora por querer inculcar la lectura en los más jóvenes, es el amor por los libros. Libros que en Lumamijú y Visado han sido prohibidos, ya que representan el conocimiento y la capacidad de desarrollar un espíritu crítico.

Por eso, el encuentro repentino a través de los libros con aquel mundo maravilloso fue demasiado para mí. Comenzó a entristecerme mi entorno árido, terriblemente real, y al mismo tiempo, aunque parezca un contrasentido, empecé a ser más feliz porque comencé a vivir una doble vida: la que se me ofrecía sobre el suelo de Lumamijú y aquella otra maravillosa del mundo de los libros.

Son esos libros los que acaban dando alas a los dos protagonistas y otorgándoles la fuerza para enfrentarse a aquello que consideran injusto.

Por todos estos detalles, y a pesar de que el desenlace me produce cierta decepción en la relectura actual, Los bonsáis gigantes sigue pareciéndome una lectura preciosa y muy recomendable para los más jóvenes. Un libro que ayuda a ver con ojos críticos la sociedad que nos rodea, a no conformarse, a ser curioso, que fomenta unos valores muy adecuados y que además nos invita a soñar con un mundo más justo. Una pequeña joya que siempre recordaré con mucho cariño.

Anna Roldós
Anna Roldós (Reseñas/Novedades/RRSS): Irilaya. Química de formación, librera de vocación; me leo hasta los prospectos de los medicamentos. Enamorada de Japón, del manganime, de los videojuegos, de la animación y de la ilustración. Me encanta la ci-fi. También escribo.
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